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Celebrar el 12 de octubre en Guatemala teniendo origen español es, como poco, cuestionable. Pero en 2016, un grupo de 3 españoles y 4 guatemaltecos logramos resignificarlo.

 

 

 

Batí los huevos con tanto cariño como para lograr que el sonido del tenedor golpeando el plato evocara el mismo que provocaría mi abuela al hacerlo. Idoia me hizo pensar en la música de los huevos batidos hace seis años y no lo he podido olvidar.

El caso es que si un día estás batiendo huevos para poder cocinar pechugas empanadas con ajo y perejil, acomodarlas sobre un par de pimientos fritos y empotrarlas entre dos trozos de pan tierno, es porque vas de excursión. Y te emociona. La excursión a Santa Catarina Bobadilla (una aldea cercana a La Antigua Guatemala) estaba motivada por la despedida de Idaira, quien después de varios meses en Guatemala regresaba a España.

El 12 de octubre de 2016, en lugar de ir a un hotel de Guatemala capital a comer jamón serrano, paella y beber vino tinto invitada por la Embajada para celebrar el Día de la Hispanidad (antes conocido como Día de la Raza) me fui de excursión. Y me perdí.

Nos habían contado que había unas cataratas “bien bonitas allá arriba”. Nos habían dicho doraque desde Santa Catarina Bobadilla era “más fácil llegar” que desde el Corazón de Agua. Nos habían asegurado que “preguntando en la aldea” alguien nos indicaría cómo alcanzarlas. Así que calentando mis riñones con las pechugas tibias en la mochila, unas zapatillas de monte prestadas, una pantaloneta, una camiseta transpirable y un chubasquero por si acaso salté a la calle con una sonrisa resplandeciente.

La plaza de Santa Catarina Bobadilla es amplia y está presidida por un tronco espigado y despojado de abrigo que supera los 10 metros. Una vez al año, ese y otro puñado más en diferentes municipios de Sacatepéquez, se embadurnan de grasa y se convierten en el gran reto de las cuadrillas de jóvenes locales, que compiten por llegar hasta arriba. Además, tiene un lavadero que trae agua fresca y pura de la montaña que tiene detrás y que comunica con el cerro del Cucurucho. Y una tiendita.

– Mayra, ¿tú conoces a alguien que sepa cómo llegar a las cataratas o al nacimiento?- preguntamos a la encargada de la tiendita.
– Sí claro, cualquiera sabe – respondió. Y salió a buscar a uno de los dos muchachos que debatían sobre los renglones torcidos de la vida apoyados sobre la puerta.

A las 10 de la mañana, Roberto e Isaac, jóvenes, de la aldea y con el día libre por delante, encabezaron la expedición al corazón de la montaña. “Aquí hay plantado frijol; allí hay un árbol que repele a los mosquitos; esta es la finca de un amigo; en este lugar nosotros venimos a dormir, tomar y compartir con los amigos…”. Así, pasito a pasito, íbamos conociendo más del lugar. El camino era empinado y angosto y de vez en cuando teníamos que compartirlo con quienes iban de regreso cargando leña amarrada a su frente y aplastando su espalda. El paraje es tan abundante en vegetación y agua que no pudo sorprendernos conocer a la mariposa con problemas de sobrepeso incapaz de volar.

Llegamos hasta el nacimiento de agua, que estaba seco, y decidimos continuar la marcha hacia las cataratas. “En esta montaña hubo guerrilla. Hubo personas que se escondieron por estos cerros durante la guerra”, relataban poco antes de llegar a la primera de las 14 cataratas que discurren por ese cañón. A los pies de ella, una cruz negra de forja de aproximadamente medio metro con flores.

Allí, paramos a descansar, comimos algunas naranjas y escuchamos un rugido poderoso:tigrillo

-¿Lo habéis escuchado?
– Sí.
– ¿Qué ha sido?
– Posiblemente un tigrillo.

En esta tierra de leyendas se dice que esta montaña (como muchas otras de Guatemala) tiene encantos: lugares donde habitan espíritus malignos que se manifiestan en forma de animal, persona o ruido. Estas ilusiones logran desorientar y sacar del camino a la gente.

La vegetación se comía nuestros pasos. Abríamos sendas torpes y desordenadas a puro machetazo, a veces subiendo y otras bajando por las empinadas paredes del barranco. El suelo era fértil, pero poco amistoso con nuestros pasos, ya que la tierra se desprendía con facilidad. Si un ojo se atrevía a coquetear con el paisaje y decidía dirigir la mirada a sus costados, o bien encontraba un muro vertical que escalar o una caída sin fin. El corazón se sentía en una montaña rusa a cámara lenta.

A las 14.30 del 12 de octubre de 2016 estábamos perdidos en el corazón de la montaña.

En teoría, teníamos que dar con el interior del cañón y llegar de regreso a la aldea atravesando las cataratas por dentro, ya que ese día apenas llevaban agua. En 20 minutos estaríamos de vuelta, aseguraban Roberto e Isaac. Como no logramos hacerlo, decidimos intentar trepar por la montaña hasta dar con la cresta y caminar desde allí. Tampoco lo conseguimos, así que quisimos regresar por donde habíamos venido, pero no pudimos retomar nuestros pasos. Accidentalmente, caímos dentro de una de las cataratas y con una alegría que traspasaba la roca, comenzamos a descenderlas, una por una, hasta completar cinco. Ayudados de lianas como las de Tarzán amarradas las unas con las otras, haciendo escaleras humanas y a puro pulso logramos salvar caídas de hasta 10 metros. Pero no llegábamos al pueblo y se hizo de noche. Nos quedamos encajados entre dos cascadas: una imposible de subir de nuevo y la siguiente imposible de descender. Estábamos todavía más atrapados que las pechugas empotradas de nuestras mochilas.

chapinadas_cataratas

A las 17.30 llamamos por teléfono a Mayra para que pidiera ayuda a los bomberos y nos rescataran. Pasamos 9 horas de pie y abrazados los unos a los otros para combatir el frío, inmóviles en un espacio de escasos metros porque estábamos rodeados de charcos y sin opciones de hacer un fuego duradero. Quemamos mochilas, prendas de ropa, algunas hojas semisecas… Pero aquella llama duró un suspiro. Nos dimos calor, ánimos, cariño. Nos angustiamos, rezamos a saber a cuántas deidades y energías diferentes. Y esperamos.

A veces escuchábamos voces lejanas y les respondíamos con gritos desesperados y coordinados, pero llegaban desde lugares dispares: a veces de abajo, otras de arriba, en ocasiones desde la izquierda y a veces desde la derecha.

20 bomberos y unos 50 vecinos de la aldea se movilizaron. A las 02.30 de la madrugada un grupo de 5 bomberos voluntarios y 3 jóvenes de la aldea nos encontraron.

– ¡¿Cómo XXX habéis llegado aquí?!

El camino de regreso fue cansado y duró aproximadamente 6 horas más, pero al menos estábamos acompañados. Aprendimos a hacer rappel y descendimos el resto de cataratas que nos quedaban por delante ágilmente. Los bomberos y los jóvenes se resolvían con absoluta destreza: primero algunos avanzaban y averiguaban la forma más segura de descolgarse, después nos ayudaban a hacerlo y proseguíamos el camino.

rappel

A la izquierda, mi experiencia previa usando lianas, útil para salvar las primeras cataratas. A la derecha, recreación de lo que nos enseñaron a hacer los bomberos.

A las 08.30 de la mañana del día 13 de octubre de 2016 llegamos a San Cristóbal el Alto (una aldea vecina a Santa Catarina) exhaustos pero felices. Y por encima de cualquier otra cosa agradecidos infinitamente a todas y cada una de las personas que nos ayudaron aquella noche.

– Mija, la montaña les encantó, ¿verdad?
– Sin duda.

Un pensamiento en “Las pechugas del 12 de octubre

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