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Estábamos sentados en torno a un televisor. Éramos 7 personas: 6 de ellas habían sobrevivido a la erupción del volcán de Fuego del 3 de junio de 2018. El resto de su familia estaba muerta o desaparecida.

El reportaje que estaban pasando por uno de los canales nacionales estaba emitiendo imágenes intercaladas de alguno de los funerales que se estaban sucediendo esos días, imágenes de los albergues temporales e imágenes de la aldea San Miguel los Lotes. De repente apareció en pantalla el que había sido su hogar, ahora sepultado bajo un manto de ceniza impenetrable. Después de esos instantes, silencio.

 

Un año después, todavía no se sabe el número exacto de víctimas. Las cifras oficiales dicen que identificaron los restos de 207 personas de los 341 casos que ingresaron, que hay 1.398 albergadas y 332 desaparecidas. La organización Antigua al Rescate, sin embargo, cifra en casi 3.000 personas las desaparecidas. En el Informe técnico: Volcán de Fuego (tabla 8), elaborado después de la tragedia se puede leer que en el radio de 10 km del cráter se estima que vivían 42,227 personas afectadas por flujos piroclásticos (nube ardiente de gas) y lahares (torrentes de sedimento y agua).

De aquellos días recuerdo muchas cosas:

Recuerdo cómo comenzó a llover ceniza sin parar y todo se volvió gris.

Recuerdo una nube espesa y espeluznante.

Recuerdo a nuestro amigo Herberth, bombero voluntario, quejarse porque sus botas y las de sus compañeros se derretían al contacto con la ceniza durante las labores de rescate. Bomberos voluntarios con botas derretidas y sin repuestos.

Recuerdo ingentes camiones cargados de víveres y ropa llegados de todas partes del país. Desorganizada, desmesurada. Sin filtro: desde vestidos de novia hasta prendas vomitadas. Para alguien un acto de solidaridad, para otra persona la oportunidad de desprenderse de algo inservible.

Recuerdo la indiferencia frente a la catástrofe cotidiana: mientras seleccionábamos parte de la ropa donada, una joven que duerme en el parque junto a su bebé preguntó si le podíamos regalar una mantita. Y la gente aún duda en dársela.

Las consecuencias de la erupción del volcán de Fuego del 3 de junio de 2018 no fueron exclusivamente a causa de un desastre natural; también expusieron la flaqueza de un Estado que deja morir a su ciudadanía. ¿Por qué si no hay tantas personas viviendo en las faldas de un coloso en actividad?

Panorámica Volcán de Fuego

El volcán de Fuego en perspectiva desde el volcán de Agua. Se pueden observar los lahares y algunos grupos de población.

 

La Trinidad 15 de octubre, por ejemplo, está formada por antiguos refugiados que se exiliaron en México durante la guerra en Guatemala (1960-1994) y llegaron a las faldas del volcán hace 20 años, después de gestionar la compra del terreno con el Fondo para la Reinserción Laboral y Productiva de la Población Repatriada (Forelap). No pudieron elegir el lugar. Esta comunidad trabajaba la producción de café y milpa y está organizada en una cooperativa (pág. 124 del Informe) que rige casi todos los aspectos de la vida, incluida la autoevacuación que realizaron a un albergue privado durante la erupción. Esta forma de organización también está facilitando la gestión de sus recursos para reubicarse.

San Miguel los Lotes, en cambio, estaba formada fundamentalmente por familias de escasos recursos que trabajaban en municipios aledaños (Alotenango, Ciudad Vieja, La Antigua…) o en las orillas de la propia carretera RN-14. ¿A quién le importó en su momento que se asentaran allí?

Un año después, muchas personas siguen viviendo en albergues “provisionales”. Quienes tenían familia en otros departamentos o núcleos urbanos se reunieron con ella. Muchas otras personas siguen buscando los restos de sus seres queridos bajo la ceniza. Mucha gente ha regresado al lugar que fue su casa aunque ya no exista. Aunque pueda volver a desaparecer. Otras personas han recibido casas. El volcán sigue ahí y las personas también.

Os dejo por aquí enlaces a más información sobre esos días:
Don Concepción, el retrato del volcán.
La tragedia, la solidaridad, el olvido.
Una serie completa elaborada por Plaza Pública
Una aldea olvidada y hambrienta después de la erupción.
Y después, ¿qué pasa?

¡Mójate!

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