El hombre sin alma

El hombre sin alma jamás me ha mirado a la cara. A veces me pregunto si tiene ojos de verdad, porque cuando me atiende siempre lo hace encajando su rostro entre el suelo y mis rodillas. De hecho, también me pregunto cómo será su voz. Alguna vez habrá tenido que usarla, por ejemplo cuando los clientes todavía no se habían convertido en los fantasmas habituales que son hoy. Cuando todavía no sabía exactamente qué necesitaba beber o comer cada uno. Después de todo, todas las costumbres fueron novedad alguna vez.

Yo, sin embargo, nunca fui acontecimiento ni persona para él, atravesé la puerta siendo fantasma. La primera vez que entré al bar El Peñón pedí un café cortado y desde entonces nunca he podido tomar nada diferente.

Este pequeño texto lo escribí hace muchos años, cuando todavía estudiaba en Madrid y al inicio de calle donde yo vivía había un bar con horarios, rutinas, personal y clientela muy singular. Hoy, en Guatemala, aquella realidad me parece incluso costumbrista comparada con la desquiciada cotidianeidad sobre ruedas que se vive acá. 

¡Mójate!

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