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Comer

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Abandonaba el supermercado y me dirigía hacia Doña Luisa para comprar pan de aceitunas. Llevaba dinero. En la esquina de la sexta avenida con la cuarta calle, casi en la puerta de la farmacia, había un chico en silla de ruedas pidiendo limosna. Debía ser fin de semana, porque recuerdo mis pasos esquivos por las calles rebosantes de gente: turistas, paseantes y personas que iban, venían o trabajaban. Tres niños, uno lustrabotas y dos vendedores de chicle y cigarros, le compartieron unas monedas al muchacho discapacitado; ese acto invitó a un señor de mochila rasgada, caminar fatigado y pantalones ajados a girarse sobre sí mismo, retroceder unos pasos y compartirle unas monedas también. En cambio a mí, la inercia de mis pasos, la remota ubicación de mi monedero y una serie de sentimientos encontrados solo me impulsaron a seguir caminando hacia el pan de aceitunas. 

Dormir

A la señora que viste bolsas de basura, defeca y orina sobre sí misma, le gustan los animales, especialmente los perros. Cada vez que uno pasa por su costado extiende débilmente la mano para acariciarlo, si es que le da tiempo de alcanzarlo. Durante las primeras horas de sol duerme sobre un peldaño a pie de calle. El mentón se posa sobre la intersección de sus clavículas y el agresivo calor tuesta su piel oscura y atraviesa, consecutivamente, las bolsas de luto y las diferentes capas de abrigo que lleva superpuestas unas sobre otras. Entonces hiede. A veces pienso que soporta ese calor para olvidarse del frío que la atrapó durante la noche en su céntrico dormitorio, la esquina de una casa en ruinas a escasos metros del peldaño matutino. Desde la ventana de mi oficina la veo cada día. El otro día aceptó el cigarrillo que un joven en pantalón corto le regaló.

Caminar

Hay dos niñas que caminan por la ciudad durante todo el día y cargan a dos bebés que no han dejado de ser bebés en los casi dos años que llevo acá. Pasean y piden dinero. A veces en bares, otras en parques, en ocasiones a paseantes que interceptan. Niñas con niños.

Un día, una joven madre estaba de mal humor. Cuando se le preguntó por qué, ella contestó mientras miraba con enojo hacia su hijo: “Él está jugando con mis juguetes”.

*Extracto exposición fotográfica Niñas con niños de Linda Forsell.

Trabajar

¿”La gorda” y “el negro” han vuelto a sus andanzas? Ella ha vuelto a tomar posiciones en la acera donde se mantenía antes de que la encerraran en la cárcel (ví su foto en una noticia de un diario). Ahora pasa más tiempo acompañada por un niño que la llama “mamá” y pasa el día corriendo de un lado para otro cada vez que su madre le avisa de que el conductor o conductora de uno de los carros que vigilan se acerca. A su compañero, “el negro”, ya no lo veo tanto. Antes de su paso por la cárcel ocupaban su tiempo haciendo bolsas y complementos de lana y tela, no sé por qué abandonaron esa afición.

¡Mójate!

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