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Empecé a estudiar periodismo y me regalaron una libreta. Entonces caí en el fetichismo de llevar siempre conmigo un bolígrafo. En el colegio me incomodaban los estuches y como yo era una apasionada de Indiana Jones y la mochila un desbarajuste, excavarla era una delicia. Saqué la carrera universitaria con bolígrafos de propaganda y ahora subsisto con uno que robé a mi padre.

Generalmente usa un tipo de bolígrafo sin tinta gel para evitar mancharse o emborronar sus apuntes, de sobrio color negro y que raspa suavemente el papel. Sentí el impulso de adueñarme de él hace meses porque de alguna manera pensé que teniéndolo conmigo lograría parecerme un poco más a mi padre todos los días. Es un hombre inteligente y trabajador. Excepcionalmente trabajador. También es honesto y cariñoso; muy buen conversador. Algunos amigos dicen que parece un profesor de historia, pero para mi siempre será un narrador de historias, el editor que me ha guíado -y sigue haciéndolo- para escoger las mejores cosas de la vida. Mi padre es la mejor persona del mundo.

El caso es que robé su bolígrafo y desde entonces intento llevarlo siempre conmigo. Se han conocido dos fetiches y ahora debo llevar siempre un boli y a poder ser el robado. Pero resulta que soy despistada. Al punto de que mi sistema circulatorio no transporta sangre sino ríos de despiste que provocan situaciones tan hilarantes como hallar el cargador de mi teléfono móvil dentro de la capucha del abrigo, o el carnet en ese espacio de anatomía separado por las barreras del sostén y las costuras del pantalón. O preguntarle a alguien amado por las cicatrices que antes has recorrido. U olvidar la comida en la nevera del trabajo. O recorrer el metro en dirección opuesta.

Pero cargar con algo tan insignificante me ayuda a recordar muchas cosas y en gran medida, paliar esa distracción. De esta semana se me ha olvidado casi todo lo que he vivido, pero hay algunas cosas que no puedo borrar fácilmente de la memoria.

Una de ellas ha sido escuchar a Lydia Cacho, periodista y activista mexicana que ha dedicado su vida a ser mujer y defenderse a sí misma y a las demás por ello. Sus investigaciones sobre la trata de mujeres para explotarlas sexualmente a lo largo y ancho del mundo así como la pederastia bien le han servido amenazas, persecuciones, denuncias y tortura. Participó el viernes en el festival literario Gutunzuria de Bilbao y creó una atmósfera emocionante durante las casi dos horas de conversación. Para obtener una crónica de lo que se dijo ya están las crónicas publicadas o las entrevistas. Yo sólo quiero empoderarla y recalcar que es una mujer excepcional con un trabajo que debe resultar inspirador y alentador para todas nosotras.

Además, esta semana acudí al Hacería Jazz Club para ver en acción a la vocalista Ainara Ortega y una prodigiosa banda que nos hicieron GOZAR con su felicidad.Cuatro horas de música con jam session incluída donde sólo existía pasión por el ritmo. Ver la cara de los músicos y cantantes siendo felices es una de las cosas más bonitas que existen (y también que más envidia provocan). También sirvió para comprobar que el antebrazo de un/a saxofonista tiene más músculos que los del resto de los mortales.

Si bien es cierto que no me pongo a escribir notas cada vez que algo me llama la atención, siempre debo tener conmigo un trozo de papel y otro poco de tinta para hacerlo cuando me venga en gana. Normalmente nunca apunto cosas al instante, sino después de rumiar que ha sido importante. Como normalmente lo llevo de un lado para otro, no tengo mucha fe en llevar siempre conmigo el mismo boli. Unas veces lo acomodo en algún bolsillo, otras en la mochila o el bolso, a veces lo abandono en una mesa y en ocasiones va a la capucha; termina extraviado temporalmente. Por eso compré uno igual.

 

¡Mójate!

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