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Cuando supe que mi próxima misión era crear un hogar en Bilbao, sentí pereza. Del norte somos las dos, pero pertenecemos a mundos que se dan la espalda. Después de cinco meses, lo que siento es cariño por una ciudad que devora la cultura, vive engullida por las montañas y respira a través del mar. En este pequeño reportaje recorro la historia reciente de la geografía urbana de la ciudad.

La ciudad que vivió décadas bajo una txapela de humo es hoy icono de metamorfosis urbanística. Mientras grandes proyectos se planean, emprendedores y artistas recuperan el pasado industrial que puso a la capital vizcaína en el mapa.

Quienes planean un viaje a Bilbao juegan con el riesgo. En el imaginario colectivo vive la representación de una ciudad gris, contaminada y llena de fábricas, pero desde hace años también se ha corrido una voz: “ha cambiado una barbaridad”. La memoria de nuestros abuelos pelea contra las versiones más recientes de reclamo turístico.
Generalmente, son los propios visitantes nacionales quienes más hincapié hacen en la transformación, Los extranjeros llegan atraídos por el museo Guggenheim pero “desconocen prácticamente todo sobre el norte de España y su historia”, destaca el arquitecto Bernd Nitsch, representante de la red internacional Guiding Arquitects para esta región. Su empresa realiza rutas guiadas sobre la arquitectura moderna, el desarrollo y la transformación urbana de la capital vizcaína y otras 35 ciudades en todo el mundo. Aunque están abiertos a todo tipo de público atienden sobre todo a profesionales que desean conocer a través de los ojos de un compañero afincado en la ciudad, los misterios que la levantan.

“Para la propia población de Bilbao es increíble el cambio que ha tenido” destaca mientras saca de su portapaleles fotografías que ilustran los años sesenta de la ciudad, donde es posible ver el espacio que hoy ocupa el Palacio Euskalduna invadido de vigas, naves industriales y grúas como “La Carola”. El nombre que hace cincuenta años refería a un astillero, es hoy el apellido de un Palacio de Congresos que sirve de arquetipo para explicar la regeneración de Bilbao. Mientras la campa de los ingleses y los márgenes de la ría eran territorio comanche para los ciudadanos, que evitaban en lo posible pasar junto a esa zona y su fetidez, hoy Abandoibarra es el paseo favorito de los bilbaínos. Un extenso carril bici, canchas deportivas, columpios, árboles, viviendas de lujo y bancos para contemplar la ría son codiciados espacios de recreo.

Arriba, los astilleros de Abandoibarra, donde hoy se levanta el Palacio Euskalduna, el Museo Guggenheim y por donde pasear junto a a la ría sólo se describe como placer.

Arriba, los astilleros de Abandoibarra en 1970, y abajo su aspecto actual. El Museo Guggenheim, el Palacio Euskalduna y el Museo Marítimo se imponen al pasado fabril.

Un origen muy lejano
Bilbao no ha sido siempre famosa por tener un coloso cultural de acero sino que antes lo fue por sus altos hornos, astilleros, empresas siderúrgicas y minas de hierro. Miribilla está completamente socavado por túneles de donde se extraían toneladas de metal, el Parque Etxebarría todavía conserva una chimenea que perteneció a una antigua fundición de acero y en Punta Zorroza se mantiene el conjunto los “Talleres de Zorroza” que desde 1901 se dedicó a fabricar maquinaria para buques, locomotoras, depuradoras y calderas. La revolución industrial sucedió en Bilbao y aunque tiñó las fachadas de gris, provocó la aparición de chabolas y la bautizó como ciudad contaminada y triste para muchas generaciones; también trajo el progreso económico que convirtió a Euskadi en el buque insignia de la industria española junto a Cataluña.

“Bilbao está organizado como una gran zona industrial con algunos núcleos urbanos”

explica Nitsch mientras señala en un plano todas las zonas dedicadas a procesos de producción que había entre Basauri y Getxo en 1960. Un golpe de vista es suficiente para darse cuenta de que apenas un puñado de calles en el Casco Viejo y Bilbao la Vieja además de unos minúsculos reductos diseminados en el mapa escapaban a la soberanía de la máquina sobre la vida urbana. Desde principios del siglo XX y especialmente a partir de los años cincuenta (cuando Bilbao vivió su auge y multitud de grandes fábricas establecieron allí su base de operaciones) los márgenes del río Nervión fueron “la espina dorsal de la industrialización”. Por eso la limpieza de la ría ha sido la inversión más cara de toda la reconversión de la ciudad con mil millones de euros destinados a ello.

La primera crisis
Bilbao, que había concentrado su fuerza en los sectores naval y siderúrgico colapsó con la crisis industrial que comenzó a mitades de los setenta. Lo que la capital vizcaína podía ofrecer ya no hacía falta y la economía se hundió. El paro convirtió a una sociedad próspera en otra muy diferente donde el tejido urbano se deshizo y aparecieron problemas de marginación, insalubridad y pobreza. Era urgente encontrar alternativas para ocupar un espacio en la economía y se inició la mutación a una ciudad de servicios y cultural. Un proceso de desindustrialización voraz marcó el siguiente hito en la configuración de Bilbao.

Para Nitsch “1990 es el año en que comenzó la transformación y el Guggenheim es como la punta de un iceberg: sólo importa para memorizar un gran cambio que duró muchos años y abarcó muchas actuaciones”.

“La construcción del puerto exterior (en la desembocadura del río Nervión) fue el paso más importante”, que condicionó el nuevo urbanismo de la ciudad. Se levantaron puentes de poca altura como el de Deusto o el Euskalduna para evitar que los barcos pudiesen seguir navegando, cerrar muelles antiguos y poder comenzar a urbanizar los márgenes de la ría. Gran parte del éxito de esa conversión se debe a que “en Bilbao había muchos solares interesantes de propiedad estatal para hacer desarrollo público”, así que el paisaje cambió radicalmente y donde había una fábrica ahora hay edificios residenciales y bloques de oficinas; en lugar de un almacén hay un hotel y donde hubo una línea de ferrocarril de mercancías hoy discurre el tranvía.

Museo de arquitectura civil
Esta regeneración de la ría, provocó también el lavado de cara del resto de la ciudad y convirtió a Bilbao en un laboratorio excepcional para los arquitectos. Una colección de grandes nombres que con mayor o menor acierto han dejado su impronta en la villa han sido también parte del fenómeno. Una ciudad de apenas trescientos mil habitantes posee intervenciones de algunos de los arquitecos más reconocidos mundialmente: el metro es obra de Norman Foster, la reforma del centro cultural Alhóndiga de Phillippe Stark, Isozaki levantó las “torres gemelas” y Calatrava una pasarela sobre el Nervión. Nitsch sin embargo, reflexiona sobre la poca implicación del propio Colegio de Arquitectos del País Vasco y recalca con indignación que apenas han intervenido en el proceso.

De repente Bilbao se afanó por ser un museo de la obra civil. Sin embargo el mayor logro de esta regeneración urbanística no está en acumular nombres de famosos y levantar obras prestigiosas sino en haber llevado calidad de vida a zonas de Bilbao que tras la crisis quedaron abandonadas. Ametzola, Miribilla, Etxebarri, Rekalde o San Francisco han sido objeto de planes orientados a fomentar el comercio, la rehabilitación de viviendas y la convivencia.

Zorrozaurre tiene un plan
Zorrozaurre es ahora la perita en dulce del Ayuntamiento, que ha contratado a la premiada arquitecta iraquí Zaha Hadid para cambiar la que hoy es la zona más deprimida de Bilbao por “un pequeño Manhattan”.
La península de Zorrozaurre sirvió de asentamiento para muchas de las grandes empresas que llegaron a Bilbao durante la industrialización pero desde la crisis es una zona en constante declive y esos espacios han quedado reducidos a solares vacíos y naves abandonadas que personas sin hogar ocupan, artistas fotografían y grafiteros pintan.

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Hablar de planes urbanísticos en la actualidad y pensar en “burbuja inmobiliaria”, es como estar en la corte de Juana la Loca y hacerlo en “intrigas palaciegas”. La idea de convertir Zorrozaurre se baraja desde el año 1989, pero no es hasta 2004 que la Comisión Gestora para el Desarrollo Urbanístico de Zorrozaurre, dependiente del Ayuntamiento de Bilbao, presenta el plan diseñado por Zaha Hadid para llevar a cabo una intervención con un plazo de veinte años. Los informes revelan un ambicioso proyecto: la península será una isla después de terminar la obra del Canal de Deusto (para evitar inundaciones). Se pretenden construir 5 473 viviendas de las cuales la mitad serán de protección oficial, en los extremos se ubicarán “núcleos de cristalización” (edificios singulares y un parque tecnológico, sede de importantes empresas) que animen a otros negocios a asentarse en la isla además de zonas de recreo y cultura. Se levantarán puentes que comuniquen la isla con los dos márgenes de la ría y facilitarán el acceso con tranvía y autobuses urbanos.

El plan cuenta con un 51% de inversión pública y un 49% privada. Las negociaciones con los empresarios que todavía mantienen sus pabellones allí son lentas y sujetas a eventualidades, porque antes de que les derriben sus negocios necesitan tener una nueva ubicación en un lugar que les convenga. También los vecinos de la zona sacaron las garras a medida que se dieron a conocer los detalles del plan urbanístico, que incluía el derribo de la inmensa mayoría de los edificios. En la actualidad, alrededor de cuatrocientas personas residen en 47 edificios históricos de la península que finalmente la empresa pública Surbisa comenzó a rehabilitar en el año 2011. Una operación que no va a estar supeditada al avance del plan urbanístico y planea terminar en 2015.
Como si de una película se tratara, una nueva crisis ha traído el suspense a la historia de Bilbao y ha provocado que el plan de regeneración pertenezca a un futuro muy lejano.

Una oportuna segunda crisis
“El proyecto de Zorrozaurre se va a hacer, pero nadie sabe cuándo”, afirma Nitsch, y como si esas palabras las hubiesen escuchado y transformado en oportunidad, la Asociación Cultural Hacería Arteak se puso manos a la obra y creó ZAWP (Zorrozaurre Art Work in Progress).
El colectivo, que lleva asentado en la península desde 1997 ha convertido diversos pabellones abandonados en “txokos culturales”, explica Miriam Ramírez, responsable de comunicación de Hacería, un nombre que lleva adosados los dos conceptos que vertebran su misión: la acción y el acero. Su impulso es el arte y a través de diferentes acciones culturales trabajan para recuperar el patrimonio industrial de Zorrozaurre y promover la innovación y la cultura.

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En 2008 lograron una subvención del Gobierno Vasco para rehabilitar dos pabellones que ahora se utilizan como fábricas de creación que ofrecen alquileres baratos a emprendedores y colectivos de arte al tiempo que ofrecen alternativas de ocio para el barrio, que les ha incluído en la asociación de vecinos. Este trabajo de recuperación se prolongó durante meses y lo realizaron jóvenes en situación de exclusión social de Bilbao y alrededores. ZAWP es la génesis de la regeneración en Zorrozaurre.

La crisis ha favorecido la actividad que Hacería realiza, sus dos pabellones iniciales se han convertido en seis y decenas de negocios han utilizado sus espacios para coger impulso. Algunos ejemplos son un músico especializado en ukeleles; ChildrensLab, que ofrece actividades para los más pequeños; una artesana que convierte el cartón en preciosos muebles y un colectivo que prepara fiestas experimentales. La compañía de teatro P6 y el estudio de videojuegos Delirium. Todos comparten Zorrozaurre. La contaminación industrial se ha convertido en una contaminación de ideas que aunque naciera con fecha de caducidad, seguirá existiendo mientras el plan urbanístico siga estancado.

Un legado a conservar
La Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública (AVPIOP) se esfuerza por mantener y empoderar el valor histórico de Zorrozaurre: “el patrimonio material heredado […] singulariza al País Vasco y por ello debe ser considerado una seña importante de su identidad” describe en su presentación. Han colaborado con la Comisión Gestora de Zorrozaurre y elaboraron un informe donde especificaban cuáles eran los espacios de interés que habrían de conservarse. Finalmente serán doce los pabellones industriales que se recuperarán para nuevos usos (como Molinos Vascos, Cromoduro o la Coromina Industrial).

Bilbao no tiene por qué ser un caso aislado de arqueología industrial. Rotterdam, Londres, Nueva York o el Complejo Industrial de la mina de carbón en Zollverein (Patrimonio de la Humanidad) son ejemplos de cómo reconvertir espacios industriales en museos o viviendas (los loft son producto de esos nuevos usos) y conseguir que sean enclaves privilegiados y hermosos.
Bernd Nitsch dice que en Bilbao “falta mucho sentimiento de la herencia industrial, porque con el Guggenheim parece que lo nuevo siempre es mejor” pero no se cansa de repetir que se pueden lograr cosas estupendas manteniendo vivo un pasado industrial que no sólo hizo emerger la ciudad sino que ha demostrado la capacidad de los bilbaínos para reponerse una y otra vez a las adversidades.

BILBAO SIEMPRE FUE METALERO

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