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Cuando era niña devoraba todos los tebeos que caían en mis manos, desde las colecciones disponibles en la biblioteca infantil hasta los recuperados del fondo de viejos baúles en casa de mi tía abuela Esperanza. No tengo hermanos, de manera que invertí mi tiempo libre aprendiendo a no aburrirme y mi padre se esforzó por enseñarme a usarlo leyendo. Así, mi imaginario llegó a estar habitado por personajes tan diversos entre sí como Rompetechos, Mortadelo y Filemón, El Capitán América, El capitán Trueno, Phantom o todas las historietas contenidas en la revista TBO entre muchas otras.


En mi preadolescencia idolatré a Indiana Jones y Superman, abandoné los cómics y me pasé a las enciclopedias, libros de curiosidades mitológicas y coleccionismo de minerales. Entonces, mis días de verano se alimentaban con tomates del huerto, se refrescaban en la piscina de casa y se iban a dormir después de “salir a tomar el fresco” en un pueblo amarillo de la Comarca del Moncayo. Las interminables y vacías horas de siesta eran las más difíciles de ocupar, hasta ese año en que descubrí la radio como manantial de músicas y mi padre se empeñó en hacerme leer el Ciclo de la Fundación del segundo Isaac más conocido, Asimov (Newton se lleva el primer puesto, siento decepcionar a sus enemigos religiosos pero el suyo no figura en el podio). El intento de mi padre por iniciarme en la literatura de ciencia ficción se comportó como hace una tormenta estival pulsando el interruptor del sol, suspendiendo abruptamente mi interés por la misma. No supe apreciar el universo del escritor ruso-americano.

Desde entonces y hasta hace relativamente poco tiempo, la ciencia (en su más amplia concepción) se quedó en mi vida con una presencia tan insignificante como tiene la guindilla en mi cocina, “a mano por si acaso”. Detestaba las matemáticas tanto que el profesor de Bachillerato llegó a diagnosticarme un “complejo matemático”, sin embargo la incluí como asignatura dentro de mi itinerario de letras porque temía perder habilidades básicas para un futuro. Las matemáticas como aliño eventualmente necesario en la vida igual que la guindilla para innovar unas alcachofas.
Las novelas biográficas, históricas y sociales comenzaron a ocupar mi tiempo desterrando a los universos alternativos. Sin embargo, reminiscencias de un interés guardado bajo llave entonces escapaban por el ojo de la cerradura haciendo, por ejemplo, de Matrix mi película favorita.
A día de hoy, parece que ya me he reconciliado con ella. Un día leí a Stanislaw Lem y al siguiente adquirí Conectoma, que comparte estantería con Rayuela. Me engancho a Iron Man y Donnie Darko con tanta facilidad como a La vida secreta de las palabras o Irma la dulce. Renegaba de las series de televisión porque consideraba una atadura mortificante ver episodio tras episodio y resulta que en unos meses he completado las seis temporadas de The Big Bang Theory. Creo que he encontrado el equilibrio sin ser funambulista.
[ATENCIÓN AL VÍDEO, ¡SPOILERS!]


Curiosamente, ayer topé en la página web de la revista Science con un hangout (un sistema de debate online que también usa en España Vía52) sobre lo que existe de veracidad científica en el cine de superhéroes y en los cómics. ¿Podría explicarse la superfuerza de Superman biológicamente? Sí. Al margen de que el superhombre sea de otro planeta, resulta que nuestro cuerpo genera una proteína que evita que nuestras fibras musculares sean más numerosas y fuertes; pero de la misma forma que existe un inhibidor de la fuerza, la experimentación ha probado que es posible inyectar una molécula que bloquee esta proteína inhibidora y favorezca la aparición de una persona de fuerza anormal. Así lo afirmaba uno de los participantes en el debate, el neurocientífico Paul Zehr, que descubrió su interés por la ciencia preguntándose cómo era posible que las personas que practicaban artes marciales pudieran moverse tan rápidamente y con tanta precisión. No en vano participó en el debate, ha escrito el libro Inventando Iron Man, la posibilidad de una máquina humana, en el que plantea que la ciencia está cerca de poder crear realmente un traje como el del héroe de ficción pero también explora las limitaciones físicas y neurológicas humanas.

Y es que las limitaciones de nuestro mundo real, son las inspiradoras de la ciencia ficción. Según Sean Carroll, astrofísico y físico teórico del Instituto de Tecnología de California (Caltech), no hemos de buscar lo que hay de cierto o de realidad en la ciencia ficción, sino lo verosímil de ésta. El científico resalta que toda la buena ciencia comienza con hipótesis y traslada la idea a los cómics: lo que aparece en éstos no existe, pero ya hay cyborgs y es posible controlar un helicóptero con la mente. ¿Ciencia ficción?
Este proceso mental de anticipación, el uso de las hipótesis para crear algo nuevo lo incluye el autor de cómics Scott McCloud en sus tres categorías de visión y corresponde a aquella que “afecta a algo que puede ser, que está basada en el conocimiento pero no demostrada”. Y remarca que no sólo tiene presencia en la ciencia, sino también en la política, el arte o la superación personal.

El otro de los participantes en el coloquio fue James Kakalios, Físico en la Universidad de Minessota y autor del libro La física de los superhéroes. Además se convirtió en profesor mediático gracias a su seminario “Todo lo que necesitaba saber sobre Física lo aprendí leyendo cómics”, que se retransmitió como parte de la campaña de lanzamiento de la película Spider Man en 2002, de la que Kakalios fue consultor científico como también lo fue de Watchmen.
Ser consultor científico es un trabajo que se hace por amor, o bien al cine o bien a la ciencia, persiguiendo una defensa de la misma intentando evitar que las películas caigan en errores fatales. Un amor no remunerado. Sean Carroll es consultor de la serie que me ha enganchado, está muy claro: él mismo es una mezcla de dos de sus personajes, Raj (astrofísico) y Sheldon (físico teórico), todos trabajan en Caltech y además, el propio Carroll recomendó la serie como una de las pocas ficciones que respetan en gran medida la realidad científica.

Así que después de todo, aquellos personajes que yo creía exagerados ya no lo son tanto. Sus disparatadas conversaciones y disputas interminables sobre cómics resulta que se dan en la vida real y yo he leído una de ellas (donde se llegó a plantear la posibilidad de un Star Trek Zombie).

hangout science
Ayer pensaba que tan sólo haría una breve referencia del hangout de Science, y ahora me doy cuenta de haber escrito un ensayo sobre mi misma a modo de retrospectiva con el ánimo de diseccionarme y entenderme algo mejor. Pero en definitivas cuentas ¡la ciencia ficción ya está aquí!

http://grooveshark.com/s/The+History+Of+Everything/3TEna7?src=5BAZINGA GRANDE

2 pensamientos en “POR QUÉ LOS FRIKIS SON LOS MEJORES FUNAMBULISTAS

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