SABINA, SEGÚN DIOS, NO LE CANTA AL AMOR

Estudié la Educación Secundaria Obligatoria en un colegio precioso. En ocasiones, cuando paseaba por sus corredores de colores me advertía fascinada por las grecas de esmalte que decoraban las paredes, atravesaba los patios centrales con placer durante la primavera porque lucían un verde impropio de la Ribera de Navarra y ascendía -muchas veces corriendo y menos andando- la escalera de madera que hacía pensarte en Hogwarts complacida. Cuando me percaté de estas sensaciones supe que la contemplación de la belleza iba a ser siempre un manantial de placer muy poderoso para mi.
Mi colegio era concertado, religioso y pertenecía a la orden de los Jesuitas, de ahí que el escenario fuese excepcional. Los cambios que más acusé -además del espacio- fueron la ausencia de llevar uniforme y tener que soportar las burlas de los estudiantes mayores hacia mi menuda complexión. La presencia de curas, crucifijos e imágenes religiosas no eran sin embargo foco de atención porque desde la Educación Infantil ya me había acostumbrado a ver monjas, cruces y representaciones de la Vírgen María.

Los recuerdos que tengo de las clases de religión son vagos en términos generales pero concisos para evocar ciertos detalles. Me gustaban las lecturas de la Biblia, especialmente las del Antiguo Testamento porque sus historias eran más parecidas a las novelas de aventuras con Salomé y Salomón como protagonistas, la una cortando cabezas y el otro bebés. También hacíamos carreras con la Biblia: el profesor nos daba un código y nosotros teníamos que ser los más rápidos en encontrar el versículo exacto, como las competiciones para dar con palabras en el diccionario que hacíamos en lenguaje. La asignatura no era difícil. Lo más costoso era memorizar todas las oraciones, pero nos preparábamos igual que actores y golpeándonos el pecho ensayábamos el Yo Confieso [por mi culpa (pum), por mi culpa (pum), POR MI GRAN CULPA (PUM)… vítores y aplausos] para el gran examen final. Además íbamos a la capilla todos los miércoles, celebrábamos las fechas principales del calendario gregoriano y nos confesábamos de mentiras una vez al año.
Cuando tenía 15 ó 16 años tuve como profesor de religión a Paco, un laico alto, de sonrisa amplia y blanca, gafas de montura al aire, pantalón de pinza y camisa perfectamente planchada siempre a juego que tenía mucho acento. Un día nos trajo a Sabina y su voz rasgada cantó:

Al terminar la canción, Paco nos preguntó si pensábamos que hablaba de amor y si Joaquín Sabina estaba enamorado de aquella camarera.
Silencio
Levanté la voz y contesté que sí y se me agitó el corazón al ver los ojos desorbitados de mi profesor, quien comenzó a zarandear los brazos y las manos mientras sentenciaba, con una mezcla de incredulidad y rotundidad que desplazó a segundo plano su acento, que aquello NO PODÍA SER AMOR. Ese episodio me dejó consternada y me ayudó a entender algo que ya pasaba desde mi más tierna infancia: las formas en que a mi me gustaba querer eran prohibidas.

Un año o dos después hice mi primer Camino de Santiago con un grupo en el que yo era la única creyente, a continuación me confirmé y unos meses después me trasladé a Madrid para estudiar en la universidad. Joanna es una de mis mejores amigas, es búlgara y todavía hoy a veces me mira fijamente, encoje la mirada y aprieta los labios para decirme que no le entra en la cabeza que cuando nos conocimos en el primer curso yo era católica, iba a los toros y no tenía ideología política. Luego se carcajea. Espero que recuerde tan bien como yo, cuándo aquello comenzó a cambiar: estábamos en un bar de la calle Espíritu Santo, en Malasaña, tomando una cerveza y un perrito caliente después de clase y comenzamos a hablar de religión y política. Ese día me di cuenta de que mis argumentos eran inexistentes y sólo tenía ideas que se habían acostumbrado a estar alojadas en mi cabeza. Tenía 18 años y algo empezó a cambiar y no es que probase las mieles de la rebeldía, es que sencillamente comencé a pensar por mi misma.

El martes pasado se presentó en el Congreso el proyecto de la nueva ley educativa, la LOMCE, una nueva serie de siglas para añadir al interminable glosario de leyes educativas de España. En ella se anuncia que “incluirá la religión católica como área o materia en los niveles educativos que corresponda, que será de oferta obligatoria para los centros y de carácter voluntario para los alumnos” que podrán escoger en su lugar valores éticos. Además, la elección de los libros de texto, los materiales didácticos y el contenido de la asignatura será competencia de las autoridades religiosas.

El debate sobre la religión en las aulas de la escuela pública es un debate abierto para la sociedad desde hace muchos años. Mi posición es clara y considero que la religión debería estar fuera de la enseñanza pública, creo que si alguien desea recibir formación religiosa, sea cual sea, debería hacerlo en los centros privados orientados a ofrecer esa formación o que de forma particular acuda a Catequesis.
La fe y la religión son decisiones personales e íntimas que no habrían de llegar impuestas por la política. Que el Ministerio de Educación incluya la religión católica en el currículo escolar es como si el Ministerio de Deporte regalase abonos de socio para el Real Zaragoza. Es cierto que la sociedad española mantiene un estrecho vínculo con la religión y la cultura en general y la literatura y el lenguaje en particular están formadas por construcciones y referencias constantes al catolicismo. Pero eso no significa que los ciudadanos españoles necesiten ser cristianos; las sociedades no son estáticas y de la misma manera que decimos “gracias a Dios” también decimos “desimputada”, “no hay pan para tanto chorizo” o “madre mía, cómo está la vida”. La cultura se aprende de muchas formas.
La moral cristiana es una y no otra. El sencillo hecho de incorporarla al currículo académico ya la sostiene como buena y da a entender que los contenidos y valores que transmite son positivos y necesarios. ¿Qué sucede entonces con el resto de religiones presentes en el mundo? ¿Si no se estudian es porque no son buenas? ¿Y los alumnos que decidan estudiar valores éticos, serán menos buenos?

La LOMCE hace referencia a la necesidad de formar a ciudadanos capaces de ser involucrarse en una “sociedad cada vez más abierta , global y participativa” y que “en la esfera individual, la educación supone facilitar el desarrollo personal y la integración social”. Las fronteras son cada vez menos importantes, nos mezclamos cada vez más y hemos de ser respetuosos unos con otros. Existen decenas de religiones en el mundo, cada una con su sistema de creencias y prácticas además de personas sin identidad religiosa. Aunque en España exista una mayoría de personas católicas, existen también muchas otras que no lo son. Hace unos días eché un vistazo a los catálogos fotográficos del colegio y me di cuenta de que apenas había personas de otros países y mucho menos que no fuesen religiosas; pero de las que no lo eran casi todos seguían la religión islámica. A pesar de que el Gobierno tiene acuerdos como el que tiene con la Santa Sede con otras instituciones, yo nunca supe de ceremonias islamistas para esos alumnos.

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Después de 24 años me pregunto cómo se sentirían las personas inmigrantes cuando en clase nos mostraban imágenes de niños latinoamericanos pobres, cuando pedíamos en las oraciones por toda esa gente que en sus países no tenían para comer, cuando celebrábamos ciertas fiestas o cuando preparábamos actividades como la Operación Kilo. Me pregunto si ellos se daban cuenta entonces como yo me doy cuenta ahora de la hipocresía que encerraba aquella forma de enseñar la caridad como si fuese solidaridad. Por supuesto que también mis profesores intentaban enseñarnos valores pero eran parciales y desteñidos. Se esforzaban por mostrarnos realidades lejanas a través de fotografías pero no se preocuparon de hacerlo a través de sus protagonistas, que estaban a nuestro lado. Se esforzaban por hacernos ver los logros de Jesuitas en Perú, pero no los del Barrio Lourdes que estaba a 15 minutos caminando. Si pretendían enseñarnos lo variado que es el mundo y sus gentes entre sí, era mejor hacerlo con nuestros pocos compañeros extranjeros.

La LOMCE también recoge que “el Sistema Educativo Español es la transmisión y puesta en práctica de valores que favorezcan la libertad personal, la responsabilidad, la ciudadanía democrática, la solidaridad, la tolerancia, la igualdad, el respeto y la justicia, así como que ayuden a superar cualquier tipo de discriminación”. Esto me lleva a pensar de nuevo en Sabina y también en el ciudadano francés de 78 años que se suicidó en Notre Dame hace unos días; en la ley del aborto y el la del matrimonio entre personas del mismo sexo. Y entonces creo que cuando los alumnos que estudien religión y valores éticos, van a encontrarse con problemas.

Por todo esto, en defensa de una educación pública sin religión como asignatura, recuerdo a Monsiváis y a Benedetti.

Ya que no podemos cambiar la realidad, acordémonos de prohibirla. Carlos Monsiváis. Julio de 2005. Fragmento de su Discurso como Doctor Honoris Causa por la Universidad de San Marcos.

Si amas algo, déjalo libre. Mario Benedetti.

¡Mójate!

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