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Durante las últimas semanas he desayunado día tras día pan recién tostado con mantequilla y mermelada acompañando al café con leche. Únicamente dos días varió este menú matutino y emparejé al café con bizcocho de piña una ocasión y croquetas de bacalao frías en otra. Me incliné por el bizcocho para no caer en la rutina. Desayuné croquetas de bacalao porque no había otra cosa, no con afán de nuevas experiencias.
Mis desayunos eran una paradoja. Al tiempo que deseaba comer algo que no fuesen tostadas, mis papilas gustativas se retorcían de emoción cuando los comensales de al lado recibían sus grandes hogazas recubiertas de un escudo carbonizado pero tiernas por dentro. Me invadía un tremendo desasosiego, cada día deseos, anhelos y apetencias competían de forma bipolar. Eso es lo que esencialmente, provocan las paradojas.
Nos perturba del mismo modo no saber qué fue antes, si el huevo o la gallina y pensar que el gato de Schörindger está muerto y vivo a la vez que decidirse a introducir algo novedoso en la rutina.

“Ru-ti-na” ¿A qué suena? A maleficio. El trabajo se torna aburrido cuando es repetitivo, las dietas se convierten en alpiste cuando sus ingredientes son siempre los mismos, las relaciones de pareja no soportan la rutina e incluso los plácidos 23º eternos del archipiélago Canario invitan a sus habitantes a buscar destinos espolvoreados de nieve.
En raras ocasiones encontramos motivos para aplaudir la rutina y la realidad es que nuestra existencia está formada por largas o breves prácticas que se repiten continuamente. Nuestras rutinas biológicas pautan primero nacer para ir creciendo hasta morir; dormir, realizar actividades, alimentarnos y regresar a dormir. Cuando ya detestamos el invierno, llega la primavera para sacarnos de nuestro tedio. Y siempre es así. Envueltos en la rutina, buscamos alterarla. Paradoja universal.

¿Se puede vivir tranquilo en un mundo plagado de paradojas? ¿Son amigas de la coherencia? Durante las últimas semanas he estado realizando el Camino de Santiago, y todos los días eran el mismo y uno distinto al mismo tiempo. Cada día me despertaba, recogía mi saco de dormir, masajeaba mis pies cuidadosamente con bálsamo, desayunaba y comenzaba a caminar. Lo que sucedía durante las horas que separaban estas acciones y las siguientes horas de sueño, era todo un misterio.

El Camino de Santiago está lleno de contrastes. A lo largo del recorrido existen decenas de negocios que han surgido y viven gracias a los miles de peregrinos anuales que pasan por ahí. Algunos son grandes restaurantes, hoteles, albergues y supermercados, pero también existen pequeños empresarios, como la señora que ofrecía crêpes en una pequeña aldea de Lugo, Fonfría del Camino. Era enjuta, con tantas e innumerables canas como arrugas y bajo una gruesa chaqueta, asomaba un camisón de flores primaverales que poco armonizaban con la nieve de alrededor. Sobre su brazo derecho sujetaba azúcar y un plato con crêpes apilados que podría pasar a formar parte del paisaje urbano de Manhattan o competir con el hotel Bali de Benidorm, valga la comparación. Escondida entre lamentos, lanzaba una pregunta a la que ella misma se respondía: ¿por qué había tan pocos peregrinos aquel día? ¿Acaso preferían caminar por la carretera en lugar de por el camino, embarrado, confuso y helado a partes iguales? Mientras le confirmaba sus sospechas, Henk, un holandés que, a falta de sol, su cabello bien ponía el toque de color a los días grises apareció acompañado de un numeroso grupo de franceses. Antes incluso de que yo me diese cuenta ella ya había iniciado una campaña de marketing en varios idiomas: “¡pancakes, pannekoeken, crêpes, tortitas…! ¿Queréis?” Y así, supongo, pasaba el día, atenta a los caminantes, escuchando el golpe seco de las botas contra el pavimento y afilando su oído para adivinar las distintas procedencias de cada uno. Una vez alimentados pedía la voluntad como pago, que –según sus cálculos- no debía ser menor a 1 euro.

En la recta final del Camino, cuando entras en Galicia, es donde más personas se concentran, los últimos 100 kilómetros son los más preciados y sorprende cómo cohabitan núcleos urbanos prósperos con aldeas deshabitadas. Estas últimas son tan numerosas que la Xunta ya ha puesto en venta una treintena.
Por su proximidad a Galicia, por su deteriorado aspecto y por lo que estaba sucediendo allí, Foncebadón se presentó como una premonición. Localizada a 23 kilómetros de Ponferrada, el pueblo cuenta con 3 albergues y un restaurante de ambientación medieval y raciones tan grandes que provocan una batalla entre tu gula y tu resistencia estomacal. Es paso obligado para todos los peregrinos que realizan el camino francés, y por su proximidad a la Cruz del Ferro y porque se ubica en lo alto del monte Irago, es el lugar escogido para hacer noche por muchos. Nosotros, 5 catalanes y yo (navarroaragonesa para más datos) nos desprendimos de las botas, las capas de agua, el frío y el cansancio en el albergue que lleva por nombre el mismo que la montaña. Abierto desde el año 2006, sus encargados van variando en tanto que unos van y otros vienen. Cualquiera puede quedarse a vivir allí para formar parte de ese proyecto y colaborar, al llegar nosotros una joven estadounidense y otro chico procedente de la ciudad con torres tan altas como crêpes habían comenzado a trabajar allí después de hospedarse anteriormente como peregrinos. En la actualidad están rehabilitando algunos de los edificios en ruinas del pueblo y construyendo nuevas edificaciones con la intención de crear una comuna.

La entrada a Foncebadón.  El letrero que se ve al fondo corresponde al Albergue Monte Irago.

La entrada a Foncebadón. El letrero que se ve al fondo corresponde al Albergue Monte Irago.

La noche en Foncebadón, fue la primera que recuerdo en que las dos formas de hacer el camino coincidieron y decidieron llevarse bien. Anna es una chica de 20 años, ruso-alemana, risueña, sin pelos en la lengua y que ha vivido en sus dos décadas más que todos los autores de este blog juntos. Le llamábamos “La Kurni”, aprendió a cantar “la Ramona Pechugona” y empezó el camino en Saint-Jean-Pied-de-Port, dice que con la intención de conocerse a sí misma en un recorrido espiritual. También con tintes masoquistas, Kurni no portaba saco de dormir y su único calzado eran unas zapatillas probadamente permeables. A lo largo de sus 800 kilómetros había conocido a mucha gente, y había comprendido perfectamente la gran diferencia que existía entre los propios españoles y aquellos que llegaban a hacer el Camino desde otros países. Mientras nosotros estábamos allí por diversión, porque nos gustaba la idea de pasar un tiempo de aquella manera: viviendo en un camino; ellos iniciaban ese gran viaje con un firme propósito: realizar un viaje interior que tendría un comienzo, un desarrollo y un final y había de adaptarse a unas pautas prefijadas de horarios, etapas y actividades. Mientras los españoles bebíamos, cantábamos y bailábamos cada noche, ellos preferían dormir. Mientras nosotros realizábamos repetidas paradas a lo largo de la etapa para reponer fuerzas degustando el vino de la región o una refrescante cerveza, ellos preferían mantener el ritmo y repostar cuando las energías flaqueasen. Mientras nosotros llegábamos, en ocasiones, a horas intempestivas, ellos procuraban estar a tiempo para hacer turismo en el lugar. ¿Estaba la discordia servida? Foncebadón demostró que no. Kurni me reveló en Santiago que uno de sus grandes descubrimientos había sido comprobar cómo había cambiado su forma de vivir el Camino, y como ella, casi todos los extranjeros que viajaban al mismo tiempo que nosotras. Desde León y cada vez más hasta llegar a Santiago se fueron olvidando de las horas de sueño, de los descansos justificados, de las visitas guiadas y terminaron por compartir junto a nosotros la risa, el vino y la cerveza, el ukelele, los sacos de dormir y los silencios. En Foncebadón hubo una gran fiesta donde hasta el caballero de 75 años alemán, que aprendía español en 30 días y realizaba kilómetros más rápido que nosotros renegó de dormir más para intentar cantar a María Jiménez.

Creo, sinceramente, que de lo que más se sorprende uno en este viaje es de sí mismo. No únicamente de la capacidad física –tras los primeros 4 días, todo lo malo ha pasado- sino de la tolerancia, el respeto y la solidaridad que se repite, día tras día. A lo largo de estas semanas he conocido a mucha gente, muy diversa entre sí y en especial muy diferente a mí. Si alguien tuviese la ocasión de observarnos desde una nube día tras día (tan posible en Semana Santa como que un mono cruce España saltando de corrupto en corrupto), entendería por qué lo resalto. Este grupo de catalanes con quien realicé parte de la ruta tuvo que regresar a su casa cuando las vacaciones oficiales terminaron, así que en apariencia sola, llegué hasta Santiago acompañada de un colmado grupo de personas con quienes he compartido todo lo que estaba en mi mano y quienes así lo han hecho conmigo. En ocasiones me sorprendía escrutando a cada uno de ellos, repensando mis conversaciones, mis opiniones y las suyas, entendiendo su comportamiento y me daba cuenta de que quizás, en una circunstancia diferente ninguno de nosotros hubiera decidido compartir tanto o siquiera algo. Una paradoja más. En este escenario cambiante los vínculos son pasajeros y eternos, estrechos y superficiales, buscados y consentidos, reales e ilusorios al mismo tiempo.

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Puedes compartir un trago de licor con un hospitalero alcohólico desdentado y esotérico que esperaba a que tú hubieses bebido la mitad de tu vaso para, a continuación, tragar de golpe el suyo. También puedes aprender a hacer bolas de arroz como las hacía una familia de Yokohama (madre, padre y dos hijos pequeños) que transportaba sus pertenencias en un carricoche todoterreno. Está a tu alcance preguntar tanto como quieras al chico de “La Casa de los Dioses” que lleva 4 años viviendo en medio de ninguna parte para descubrir por qué lo hace. Puedes no cansarte de hablar durante horas y sin embargo, sentir la paz de caminar junto a otra persona en silencio. Puedes abrazarte hasta respirar tranquilidad.

Se vuelve necesario intentar vivir así: despertando y caminando. Vivir con una rutina plagada de sorpresas. 

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Un pensamiento en “POR QUÉ UNA RUSA CANTA “LA RAMONA PECHUGONA”

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